jueves, 12 de enero de 2017

INTELIGENCIA EMOCIONAL; LA AMÍGDALA Y EL MANEJO DE LAS EMOCIONES.





¿Qué es ser inteligente? El famoso coeficiente intelectual queda lejos para determinar esta cuestión. Ya en 1983, Howard Gardner revolucionó el ámbito psicológico con la teoría de las inteligencias múltiples Su modelo, que dio la vuelta al mundo, propuso siete tipos de inteligencia. De esta manera, quedó anticuada la idea inicial del CI y se pasó a dar más importancia al talento en los diferentes ámbitos que un individuo pueda poseer. Dentro de los tipos que Gardner expuso hay dos que hacen mención al terreno personal e interpersonal. Ahora bien, no fue hasta 1995, cuando otro psicólogo de los grandes, Daniel Goleman, aportó una idea que completa el conjunto. Su best seller; Inteligencia emocional nos hace entender un nuevo modo de ser inteligente. Un modo muy importante que sirve en el terreno personal, interpersonal y social. En definitiva; una buena manera de ser inteligente o en palabras del autor; “una manera distinta de ser inteligente”.

La amígdala; la encargada de las cuestiones emocionales.

La amígdala es la responsable de nuestras emociones. Su desaparición, nos impediría el reconocimiento de los sentimientos, por lo que nuestra vida sería aburrida y sin sentido. Gracias a ella podemos comprender nuestra vida emocional. Las conexiones existentes entre la misma y el neocórtex proporcionan el equilibrio perfecto entre la razón y la emoción. Esto es; entre el pensamiento y el sentimiento, y en ese ir y venir, ambas trabajan juntas para dar sentido a nuestras decisiones vitales. Con todo ello y según su conglomerado ahora nos preguntamos; ¿Las emociones pueden ser inteligentes? ¡Por supuesto! Y ahí entra el asunto que hizo famoso a Daniel Goleman. Veamos…

Inteligencia emocional; cómo manejamos nuestras emociones y las de los demás.

El autor del citado best seller nos propone cinco componentes básicos para aprender a ser emocionalmente inteligentes. El primero de ellos hace referencia al AUTOCONTROL. Esto es; al conocimiento de las propias emociones. Esta es la piedra angular de la inteligencia emocional; la capacidad para reconocer un sentimiento en el mismo momento que ocurre. No tener esta aptitud nos deja a merced de los mismos. Las personas que reconocen mejor sus emociones, suelen dirigir mejor sus vidas, ya que tienen un conocimiento seguro de sus sentimientos y de lo que desean realmente.

El segundo componente hace referencia a la GESTIÓN DE LAS EMOCIONES. La conciencia de uno mismo es una habilidad básica para manejar los sentimientos y que estos se expresen de manera adecuada. Es importante aprender a gestionar las emociones, sobre todo las negativas. Poseer esta habilidad hace que nos recuperemos mejor de los contratiempos de la vida. Al mismo tiempo, esta gestión será beneficiosa para nuestras relaciones interpersonales.

LA MOTIVACIÓN es el tercer componente que propone Goleman. La capacidad para motivarse a uno mismo y funcionar con objetivos nos aventaja. La emoción tiende a impulsar una acción. De este modo, adentrarnos a un logro representa prestar atención, manejarse y ser creativos. En palabras del autor, “si somos capaces de sumergirnos en estado de “flujo” estaremos capacitados para lograr resultados sobresalientes en cualquier área de nuestra vida”.
  
LA EMPATÍA se sitúa en el cuarto lugar. El reconocimiento de las emociones ajenas es la base del altruismo y es una habilidad muy relevante para la vida de las emociones. Las personas empáticas sintonizan con lo que el otro necesita y/o desea. Pero es la conciencia de uno mismo donde se desarrolla la empatía. Pues cuanto más abiertos estemos a nuestras propias emociones, mayor será la destreza en la comprensión de los sentimientos de los demás. Esta capacidad para entender al otro, nos ayuda en muchos aspectos de nuestra vida.

EL CONTROL DE LAS RELACIONES es el quinto y último elemento. La percepción social, es decir el arte de establecer buenas relaciones con los demás es también relevante para la inteligencia emocional. Saber identificar cuáles son las claves necesarias para interactuar con los otros y que se sientan bien, es una habilidad que implica el manejo de las emociones ajenas.





Sin duda, ser inteligente no corresponde a tener un CI alto. Conocerse y saber interactuar con el mundo es una habilidad que también nos hace ser inteligentes. Carecer de esta capacidad puede traer efectos dañinos para nuestra salud física y psicológica y contrariamente; ponerla en práctica, puede traernos numerosas ventajas en muchos aspectos de nuestro día a día.

sábado, 7 de enero de 2017

¿LA BOTELLA ESTÁ MEDIO LLENA O MEDIO VACÍA? OPTIMISMO Y PESIMISMO







Ni más ni menos. Una botella llena hasta la mitad. Mitad medio llena, mitad medio vacía pero mitad al fin y al cabo. Esta es una buena metáfora para preguntarse cuál es la visión que le otorgamos a los sucesos y a las situaciones de las cosas. De manera espontánea, alguien optimista no dudaría en afirmar que a la botella le falta muy poco para estar completa de líquido y que por lo tanto está casi llena. Contrariamente, alguien que le dé más importancia a la parte vacía de la misma, no daría pie a contemplarla como llena y por tanto lo describiría como medio vacía. En este último caso, en reparar en lo que falta y no en lo que contiene, podríamos apreciar una visión más pesimista de la situación.

A groso modo, esta famosa prueba, nos ha servido para hacernos pensar en la manera que tenemos los seres humanos, de vivir y contemplar una (nuestra) realidad. Pero esto por si solo es muy insustancial para argumentar algo tan relevante como la visión que tenemos acerca de las cosas que nos suceden. Así que vayamos más allá. ¿Por qué decimos que una persona es optimista? ¿Es que tiene soluciones para todo? ¿Es que a nada le ve “peros”? y de manera contraria; ¿Alguien pesimista es alguien derrotista? Cuestión de visión pero hay otros ingredientes igualmente importantes.

El ser humano tiene la necesidad de relacionarse con otros mortales y en esta interacción también está la necesidad de explicar las cosas que le suceden y el modo en que las vive. De esta manera, queda patente si un sujeto se dedica a compartir su visión catastrófica de los acontecimientos o si por el contrario rebosa una actitud alegremente esperanzadora. Luis Rojas Marcos, en su libro “la fuerza del optimismo” nos explica célebres experimentos realizados a lo largo de la historia, acerca de cómo las personas interpretamos el entorno, pero hay uno que me llama especialmente la atención. Este no es otro que el estudio elaborado por el conocido psicólogo Martin Seligman, quien relacionó nuestro modo de vivir y expresar las cosas con nuestro grado de pesimismo u optimismo.

La relación esta explicada mediante tres variables:

- La permanencia que hace referencia a la duración que le damos a los sucesos que nos afectan. Esto es; ante los infortunios, por ejemplo, los optimistas consideraran que se trata de algo pasajero y asumible, mientras que los pesimistas meditaran acerca de lo sucedido y darán un valor más perdurable a dicho acontecimiento. De la misma manera, ante las buenas noticias los optimistas creerán en la causa y en su futura permanencia, mientras que los pesimistas lo concebirán como algo poco palpable y fugaz.

- La penetrabilidad que se refiere a las consecuencias, efectos o el modo en que nos repercuten esos acontecimientos. Un sujeto optimista evita encasillarse en una visión fatalista y buscará recursos para creer que “aquello” no es del todo catastrófico. Ante las desventajas de la vida, el optimista tratará de no “castigar” una situación y dará un margen al error sin sentirse la persona más ruin del mundo. Esto mismo, no lo hará una persona pesimista, quien ante las desventuras, se ve afectado en la totalidad de su persona por la catástrofe del momento. La visión es de no beneficio ninguno y de terribles consecuencias.

- La personalización donde reside el grado de responsabilidad personal que le otorgamos a lo sucedido. En este punto los optimistas examinan sus errores con “auto permiso” para los mismos. No se flagelan como si el mundo hubiera dejado de funcionar y dan opción al crecimiento y al aprendizaje. Los pesimistas no. Utilizan el autocastigo y la culpa y no ven opción ninguna a subsanar errores. No hay espacio para el aprendizaje y generalizan sus derrotas en otras facetas de la vida.

 Por otra parte, Seligman también hace hincapié en la comparación social. Argumenta que los seres humanos utilizamos la comparación a la hora de expresar nuestras vivencias. Así el optimista dirá “me siento afortunado y más viendo a otros porque podría haber sido peor” mientras que el pesimista argumentará que “lo suyo es lo peor”  Una especie de sin salida, ciega al pesimista en su malestar.

En resumen; hablando nos delatamos. Compartimos la manera en la que interpretamos el entorno y en esa manera dejamos en entredicho si lo sucedido durará poco, mucho… si será insufrible e insuperable o si traerá consecuencias devastadoras. La botella se está llenando o por el contrario, va perdiendo agua… De un modo u otro, las cosas no son como son, son como somos.






miércoles, 4 de enero de 2017

LAS ETIQUETAS Y AUTO ETIQUETAS PSICOLÓGICAS: UNA NECESIDAD ENGAÑOSA.







El ser humano necesita muy a menudo poner nombre a todo lo que le sucede. Es una manera de situarse, de “autoconocerse”, de definirse y al mismo tiempo de buscar soluciones cuando lo que le acontece no le satisface o le duele. De esta manera, las personas solemos encasillar nuestras vivencias en estados anímicos, pero a veces con demasiada preocupación. La mayoría de historias que escucho, les precede un subtítulo a modo de diagnóstico. Algo así como; “yo sé lo que me pasa y es que estoy estresado, ansioso, depre o tengo síndrome postvacacional...”. Cada uno se encuadra en una etiqueta concreta, y en muchas ocasiones, con el gran convencimiento de que lo que le pasa es malo y perjudicial. ¿No será que hemos caído en la mala costumbre de apellidar todas las vivencias que experimentamos como seres humanos, catalogándolas como patológicas?

Existe el estrés, existe la ansiedad y la depresión pero también existe el autoconvecimiento, y porque no decirlo, también la normalidad. Con ello quiero decir que observo una tendencia desmesurada en atribuirse estados negativos, cuando lo que nos pasa a veces sí es triste pero no patológico ni grave. Creo que todos deberíamos ir más al psicólogo pero no por no sentirnos bien sino para potenciar más nuestras fortalezas y para darnos cuenta que no es tan necesario autoetiquetarnos y preocuparnos, sino que es más importante mejorarnos y aprender a felicitarnos cuando toca.

Todas las patologías, merecen mi gran respeto. Deben ser tratadas y los profesionales de la salud debemos poner todas nuestras capacidades para abordarlas de la mejor manera posible. Ciertamente el dolor psicológico es tan o más potente que el físico (que suelen ir juntos) y a veces sin que exista un trastorno propiamente dicho, se sufre muchísimo, pero debemos ser más tolerantes con nosotros mismos y evitar los sellos. A mi modo de entender no nos favorece encasillarnos en títulos. Cito en este caso a Hipócrates; “es más importante saber qué clase de persona padece una enfermedad, que saber qué clase de enfermedad padece una persona”.

Está de moda etiquetar, en exceso. Si bien siempre hemos necesitado nombres para designar conductas concretas, hemos llegado al extremo del bautizo. Desde que estudié psicología, hace ya algunos años hasta hoy, salen a la luz nuevos y continuos síndromes que alertan a la población en busca de respuestas. Si bien es cierto que siempre hay más por descubrir y aprender, también es cierto que hay una inclinación en hacer de lo “normal” un grave problema. Leo cosas como el síndrome del tiempo libre para referirnos al estado por el cual pasa una persona que no se relaja en su tiempo de ocio. Ciertamente un síndrome es un conjunto de síntomas, pero no hablamos del síndrome de la alegría cuando experimento enamoramiento o contento por otro motivo y sí hablamos de síndrome cuando pasamos por momentos humanos en periodos de aclimatación. A muchas personas les cuesta relajarse en vacaciones y más cuando su ritmo cotidiano de trabajo es acelerado. Es una cuestión de adaptación natural, igual que lo tenemos a la vuelta a la rutina. Estamos hechos para mantener la homeostasis de nuestro cuerpo, así que cuando lo cambiamos, se dan irregularidades pasajeras y normales. Todo y que siempre puede haber casos en los que se dé una patología, no es lo habitual.

Todo ello hace que estemos continuamente diagnosticados por algo, según mi criterio en exceso, cuando la realidad es que como humanos vivimos cosas que nos hacen daño y no y que cuando son des adaptativas hay que tratarlas por supuesto, pero no desde el dictamen sino desde la armas que tenemos para salir de las malas situaciones, potenciando las habilidades que cada uno tiene o debe aprender para salir de las mismas. A mi modo de entender, una cosa es un trastorno y otra muy distinta las etiquetatitis que se pone con tanta facilidad y que normalmente no nos ayudan.



  

Creo que como seres humanos no tenemos “esto o lo otro”, creo que tenemos rasgos de personalidad que nos llevan a actuar de un modo u otro. Creo que vivimos y viviendo pasamos por momentos buenos y malos. Creo que a veces experimentamos situaciones de manera desadaptativa y sufrimos pero no por ello somos una X en el calendario. Por lo tanto no creo que yo sea “así” o “asá”. Somos muchas cosas, porque vivimos muchas experiencias distintas. Cuando éstas nos duelen y no tengamos herramientas para solventarlas hay que solicitar ayuda, pero no en busca de la etiqueta sino con la necesidad de buscar nuestro bienestar.

lunes, 2 de enero de 2017

LA RUTINA: UNA PARADOJA PSICOLÓGICAMENTE NECESARIA.






Suena el despertador, cada día a la misma hora. Y a la misma hora salgo de casa, hago la misma ruta para llegar al punto de encuentro de la obligación y me dispongo a proceder con mis quehaceres diarios. Termina la jornada y con más o menos variación llego a la misma casa, a la misma cocina, al mismo salón y a la misma cama, hasta que vuelve a sonar el despertador…

Leído así se aprecia la monotonía, la rutina y el hábito. En esta situación, compartimos con las otras inquietudes del tipo; “tengo ganas de vacaciones”, “quiero hacer algo diferente”, siempre es lo mismo” o “¡qué venga ya! El fin de semana” Ahora bien, ¿cómo sería nuestra vida sin esos hábitos tan repetitivos? ¿Nos complacería estar siempre de vacaciones sin un horario que cumplir? ¿Qué beneficios psicológicos nos trae la rutina?


La paradoja

Del francés, “routine”, la palabra rutina significa “marcha por un camino conocido”. De esta manera la vivimos como una costumbre. Algo que se hace de manera automática, que hemos arraigado en nosotros y que consiste en un hábito que ejecutamos de manera práctica, usual y sin razonamiento. Esto es; la tenemos tan automatizada que esto nos permite realizarla mientras pensamos en otra cosa. Tanto es así que también se entiende como una cosa que se hace de manera repetida para mejorar alguna habilidad. Bien es sabido que en nuestros primeros años de vida, la adquisición de hábitos es de suma importancia para nuestro desarrollo social y psicológico. No menos diferente es el caso de la tercera edad, donde el mantenimiento de costumbres ayuda al orden cognitivo.

La paradoja es que a pesar de que nos proporcione a veces sensaciones de aburrimiento y fatiga, la rutina nos permite funcionar de manera inconsciente sin esfuerzo. Deja libre a nuestra atención para ocuparnos de otras cosas, debido a su integrado automatismo. Así que sin ella, nuestra vida sería bastante más caótica. El diseño de todo nuestro organismo está programado para funcionar bajo los dictados del “orden”. Los cambios de hábitos suelen desestabilizarnos tanto a nivel psicológico como físico. Imaginemos que cada día fuéramos a dormir a una hora distinta, fuera ésta las seis de la tarde o las once de la noche. Imaginemos que cambiáramos la alimentación continuamente o que encontráramos la casa cambiada cada vez que llegamos a ella. De la misma manera ideemos cómo sería llegar a un trabajo nuevo todos los días o que nuestro profesor de universidad fuera distinto en cada clase… probablemente gastaríamos una gran cantidad de energía mental y la fatiga se adueñaría de nosotros con facilidad. En definitiva; las rutinas son útiles y necesarias para que podamos funcionar con tranquilidad.

Aunque ciertamente las costumbres puedan llevarnos al hastío y a la inapetencia, nos permiten una gran cantidad de ventajas. Una de ellas es centrarnos en otros objetivos, cuando los básicos de nuestra vida están cubiertos. Si por ejemplo nuestra situación monetaria es inestable seguramente nos ansiaremos y sentiremos malestar. De manera contraria, si sabemos que nuestro trabajo nos permite comprar comida y pagar a final de mes, nuestras inquietudes se dirigirán a proyectar otras metas. Por otra parte, el hecho de tener integradas ciertas costumbres nos proporciona un ahorro de tiempo mental que podemos invertir en otras cosas. A nivel físico también nos proporciona bienestar ya que si pasamos de tener hábitos saludables a un desorden de los mismos, probablemente nuestro cuerpo reaccione de manera poco adaptativa.


Un arma de doble filo

En contrapartida, las rutinas también pueden tener un punto negativo. Anclarse constantemente a ellas y temer el cambio puede desaventajarnos, impidiendo que podamos crecer en situaciones vitales. Este es el caso de no querer soltar algo que nos hiere por miedo al cambio de costumbres y a sus consecuencias (ya sea una relación, un mal hábito o una situación que no nos satisface…) o no querer enfrentarnos a algo nuevo y desconocido. Para adaptarnos a los sin saberes nuevos de la vida, hay que dar oportunidad al cambio y sin duda, esto implica un cambio de rutina.

En resumen: a menudo nos quejamos de esta acción tan repetitiva en nuestras vidas pero es totalmente necesaria para nuestro bienestar psicofísico. Por otra parte, la rutina también se nos presenta como desafío. Hay situaciones y momentos de vida en los que tenemos que enfrentarnos a los cambios, para después volver a anclarnos en los nuevos hábitos.





La rutina tiene nombre de costumbres pero somos tan contradictorios como ella. Cuando existe me aburro y cuando me falta me desestabilizo. Hay que saber lidiar con ella, aprovecharnos de sus ventajas y con ellas poner los ingredientes necesarios para no caer en el tedio. ¿Quién dijo que los días festivos son los mejores?

lunes, 26 de diciembre de 2016

PROPÓSITOS PARA AÑO NUEVO; "NO DEJE PARA MAÑANA LO QUE PUEDA HACER HOY".





En esta época del año es muy común hacer una larga lista de propósitos para el nuevo año; dejar de fumar, ir al gimnasio, estudiar cada día, aprender un idioma…y de esta manera nos ilusionamos, imaginando que todo eso sucederá a partir del día 1 del mes de Enero. Este tipo de anhelos, siempre me han resultado muy curiosos desde el punto de vista psicológico. Me pregunto; ¿Es una buena manera de aplazar algo incómodo con la ilusión de calmar nuestra ansiedad ante lo creemos que “debemos” hacer para con nosotros mismos? ¿Ante la llegada de un nuevo año, necesitamos sacar ese peso psicológico que nos persigue día tras día cuando nos proponemos hacer algo y no lo hacemos? ¿Por qué el ser humano suele escoger un único punto del tiempo para cambiar algo de su vida? Un tema interesante a mi entender, que trataré de abordar desde el rincón de la reflexión.

En primer lugar, me gustaría situar esos deseos desde el deseo mismo de cambio. ¿Realmente alguien quiere dejar de fumar o acudir regularmente al gimnasio? Si es así ¿Por qué no lo hace el 20 de Octubre o el 3 de Marzo? Esto es; cuando esas promesas con uno mismo implican un verdadero anhelo de convertirse en realidad suceden el día 8, 10 o 12 de cualquier mes pero para el ser humano resulta algo más pesado detenerse a aceptar una realidad costosa que implica esfuerzo, voluntad y constancia. De esta manera, la incomodidad que podemos llegar a sentir ante algo que queremos cambiar, queda protegida y un tanto aliviada si la aplazamos. Nos libra de responsabilidad a la vez que calma la frustración ante algo que no acabamos de cumplir.

Como vemos, aquí se juntan varios factores como la responsabilidad, la culpa, el alivio, la constancia…lo que por no detenernos en cada uno de ellos, lo englobaremos en actitud, predisposición al cambio y resolución de problemas. Algunos psicólogos coinciden en señalar que este fenómeno se da porque al final del año es un buen momento para reflexionar en lo bueno y lo malo que ha sido el año y las cosas que queremos modificar para el siguiente. Psicológicamente el inicio del año presupone un momento limpio, nuevo, para poner nuevas esperanzas y motivaciones. Es como un “borrón y cuenta nueva” que nos da ilusión y nos genera nuevas expectativas.

¿Significa ello que el ritual de nuevos propósitos sea absurdo? No, no lo es pero de alguna manera no resulta tan sencillo. Varias investigaciones han indagado en este fenómeno y los resultados han concluido que el error está en el plan de estrategia y en el modo en el que nos proponemos la resolución de ciertas metas. Un estudio realizado por Mukhopadhyay y Johar (2005) apuntó que la predisposición al cambio ante los propósitos de año nuevo estaría relacionado con el nivel de autoeficacia personal. De esta manera, quienes creen que el auto control es algo dinámico y modificable (“aunque me guste el chocolate, soy capaz de no comerlo durante un tiempo”) tienden a establecer más acuerdos y con mayores probabilidades de éxito mientras quienes quedan sujetos a un autocontrol limitado (“me gusta demasiado el chocolate, nunca podré dejar de comerlo”) obtienen pocas probabilidades de cambio. En otras palabras; si la persona cree que su autocontrol es un recurso fijo, solo establecerán objetivos basados en la fantasía.

Otra idea importante que han señalado varios autores es la manera de saber abordar el cambio. Podemos proponernos dejar de fumar pero ¿sabemos cómo? Resulta esencial tener las herramientas psicológicas para enfrentarnos a modificar algo. No basta con desearlo y de ahí el fracaso de muchos intentos en los que se anhela hacer algo sin caer en la cuenta de lo que necesitamos para cambiarlo.

Según Miler y Marlatt (1998) el fracaso llega cuando las resoluciones llegan en el último minuto o último mes (Diciembre) sin disponer de las estrategias adecuadas (compromiso, estrategias y seguimiento del progreso). Desde mi punto de vista y como cualquier plan de acción, la resolución vendría dada por el ¿qué quiero cambiar? ¿Qué implicará ese cambio? ¿Cómo puedo hacerlo? ¿De qué herramientas dispongo? Lo que me pregunto si los nuevos propósitos del año venidero son un proceso que se interioriza o si se trata más bien de un espejismo.

¿Es eficaz entonces llenar una gran lista de cambios para el inicio de Enero? Lo es, siempre y cuando haya primero una implicación y compromiso con uno mismo ante aquello que se desea cambiar y en segundo lugar cuando se tengan las estrategias adecuadas. No digo que no pueda ser un buen momento de cambio pero siempre y cuando, esto no forme parte del autoengaño.





Como psicóloga mi última pregunta radica en algo más profundo, más interno; ¿Realmente queremos cambiar ese algo? ¿Se desea de verdad? “quiero dejar de fumar”, “bajar de peso”, “dejar el trabajo que no me gusta”, “Empezar a viajar más”,  “etc...”  ¿lo quieres realmente? ¡¡Cuantas veces hacemos lo contrario a lo que deseamos!! Esto es; reparar en si lo deseamos realmente o simplemente hay una disonancia cognitiva que choca y deseamos aliviar, pienso que es muy importante. Sea como sea, le invito a reflexionar en lo que realmente quiere modificar, si es que hay que modificar algo pero desde lo hondo, desde lo que de verdad se anhela, hablando directamente con uno mismo aunque a veces cueste. Con propósitos o sin ellos, deseo un feliz año para todos y atienda “NO DEJE PARA MAÑANA LO QUE PUEDA HACER HOY”.


jueves, 22 de diciembre de 2016

LA CORAZA EMOCIONAL; UNA PROTECCIÓN LLAMADA MIEDO




el aprendizaje es un cambio inferido en el estado mental de un organismo, el cual es una consecuencia de la experiencia e influye de forma relativamente permanente en el potencial del organismo para la conducta adaptativa posterior”

Tarpy y Mayer (1978)

Definir el aprendizaje nos llevaría una ardua y compleja tarea, ya que aprender; supone un proceso que adquiere diferentes formas y variaciones. Aprendemos a través de la observación, aprendemos a través de la experiencia, aprendemos a través del conocimiento, aprendemos a través de la conducta adquirida como fin de supervivencia y adaptación...sea como sea, lo que está claro es que aprendemos y aprendiendo nos enfrentamos a la vida. Ahora bien, lo que no está tan claro es la manera en la que ese aprendizaje nos conforma como humanos. A veces nos deja miedosos, otras nos dejan contentos pero muchas veces también nos deja vulnerables y ante la vulnerabilidad nace ella; la coraza. Es decir; la protección. Una protección casi inconsciente, que va de la mano del miedo y que juntas paralizan nuestro crecimiento interior y el contacto de muchas oportunidades con el mundo externo.

Una de las cosas que más me gusta de mi carrera, es apreciar las fortalezas de cada individuo en particular. ¡Detrás de muchos miedos, hay gente tan capaz! Sin embargo, a la mayoría les cuesta admitir que sus escudos en vez de protegerlos, los dejan desnudos ante ciertas circunstancias de la vida. La actitud defensiva toma las riendas, el miedo se impone, las ideas fijas limitadas y limitantes obligan, la desconfianza despliega sus alas y de repente la muralla se engendra. Ni más ni menos; crear muros, crea corazas y esto implica resguardarse en una pequeña guarida emocional donde no entra nadie más que tú (y ni tú a veces) ¿Por qué sucede?

Los seres humanos hacemos uso de mecanismos de defensa para resguardarnos del dolor y de algún modo para adaptarnos al medio. Esto es sano para nuestro desarrollo y para nuestro bienestar físico y psíquico. El problema radica en hacer de ello, un modo de vida. Es decir; vivir continuamente en nuestra burbuja, nuestra zona de confort y andar por la vida como si en cada esquina hubiera una lanza apuntando en nuestro corazón. A menudo, no nos damos cuenta de ello. Es más; suele ser común que la apariencia de quien más se protege, sea la de un sujeto capaz de mostrarle al mundo que todo lo puede. Pero lo cierto es que en estos casos el miedo es el que dirige la vida como modo de refugio a debilidades, inseguridades, limitaciones, culpas y vergüenzas.

A nadie le gusta sentirse vulnerable, pero hay veces que debemos entender que lo somos y que estar expuestos a la vida es estar expuestos a la vulnerabilidad. No nos ayuda negar, sí nos ayuda aceptar. No nos ayuda dejar de conectar con el mundo externo para no sufrir, sí nos ayuda contactar con el mundo y seguir aprendiendo. No nos ayuda creer que si erramos somos fracasados, sí que nos ayuda entender que si nos equivocamos es porque somos humanos. Protegernos tanto de “lo que podría ser” (porque nunca sabemos lo que será) nos limita, nos impide crecer, nos bloquea y nos deja solos.

Nuestras corazas nos impiden ser lo que realmente somos y este es un acto inconsciente que como hemos dicho, proviene del aprendizaje y tiene como función la protección del alma. Como tratamiento a los muros, es relevante la autoconciencia (saber quiénes somos, qué queremos y cómo lo anhelamos, será importante para ir despojándonos de las sombras del miedo) la expresión de sentimientos (aprender que no es malo decir cómo nos sentimos, aunque otros no compartan nuestros sentimientos) el control de las emociones (cómo me siento) y el control cognitivo (no nos ayuda caer en la trampa de los errores cognitivos como las generalizaciones. Es decir; pensar en términos absolutistas del tipo; “si eso fue malo, todo será malo...””si me hirieron, todos me harán daño”) Todo ello puede ayudarnos a deshacer temores y a romper la burbuja de la protección.


En resumen; Aprendemos y aprendiendo a menudo nos quedamos temerosos, resguardándonos en un lugar llamado miedo. De las corazas nacen murallas y aunque todo ser humano utilice sus mecanismos de defensa para protegerse del dolor, es sano salir ahí fuera y afrontarse a las vicisitudes de la vida. Al fin y al cabo; ¿Quién sabe lo que nos depara la vida? Nosotros somos los únicos responsables de nuestra propia felicidad y de nuestros propios miedos. Tristemente éstos tienen mucho poder pero !ojo! “cuidado con los miedos, les encanta robar sueños”



lunes, 19 de diciembre de 2016

“NO ES MALA PERSONA PERO…” ¿POR QUÉ CRITICAMOS?







Hoy quiero hablar sobre el manejo de la crítica ajena. Las personas, solemos emitir mensajes tan sutiles como toscos acerca de otras personas a las espaldas de las mismas. Creo que la frase más comúnmente conocida a la hora de hablar de alguien sin que esté presente es; “no es mala persona pero…” y a partir de ahí lanzamos críticas sonoras que caen (no al vacío) como agua de mayo. ¿Por qué? ¿Por qué criticamos? Lo que está claro es que la crítica dice más de nosotros que de la persona a la cual nos referimos. El hecho de decir “no es mala persona”  ya delata nuestra mea culpa inconsciente ¿Qué tienen los otros que no tenga yo?

Los demás también cometen errores y no siempre nos mostramos empáticos con ello. Juzgamos. Con el fin de que nuestros fallos parezcan menores y con el objetivo de quitarnos culpa y liberarnos de lo que hacemos mal. A nadie le gusta perder y cuando señalamos a otro que también pierde o erra, parte de nosotros se libera. Pero hay más. Los motivos por los que criticamos son variados, todo y que siempre indica algo que hay en nosotros.

Existen diez mecanismos de defensa que utilizamos las personas a la hora de protegernos del dolor (negación, represión, proyección, racionalización, intelectualización, forma reactiva, regresión, desplazamiento, sublimación, introyección o identificación).
Pondré de ejemplo a la proyección como mecanismo de defensa a la hora de cargar sobre otros la propia culpa. Esto es; posamos en otras personas, algo que es nuestro y que de alguna manera inconsciente no aceptamos. Ejemplos de ello podrían ser decirle a alguien que la persona X nos odia cuando en realidad somos nosotros los que odiamos a la persona X o calificar a la persona Y de egoísta, cuando en realidad somos nosotros los que nos sentimos así. Pero ¿todo son proyecciones?

La envidia, los celos, el querer agradar a otros a través de la crítica de un tercero, la insatisfacción personal, la baja autoestima…son sólo algunos factores más por los que los humanos criticamos.

¿Todo es negativo? Somos seres sociales y tenemos que beneficiarnos por ello.
La crítica fácil puede estar teniendo una función social. Esto es; algunas investigaciones afirman que el hecho de criticar a otros en una reunión social sirve para dar paso al diálogo, “reforzar” uniones e invitar al debate como parte de la interacción social.



Dejando lo social a parte, sería bueno analizar los motivos por los que criticamos a ciertas personas. ¿Qué dice la crítica de otro de mí? Dice mucho. Ese juicio sale de nosotros, nace en nosotros y al expresarlo no sólo liberamos algo de nosotros sino que también delata algo que hay en nosotros. Es importante hacer una introspección. ¿Nos hemos parado a pensar cuantas veces criticamos al día? ¿Por qué no probamos de poner atención en este aspecto que a veces hacemos de manera casi automática? Pruébalo. Liberarte del juicio constante te liberará a ti también y lo hará de otra forma a la que tiene cuando dejamos a otro despeinado.

Hay algo social pero antes siempre hay algo particular en la crítica. “No es mala persona pero…” deja el aluvión de reproches y mira dentro de ti. No, no es mala persona, simplemente que se equivoca como yo.